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lunes, 21 de octubre de 2013

XVII Escalones: Diálogos contra el tiempo



El robo: Sábado. Doce de la noche. Champs de Mars

Esta botella era la más barata, quillo. Tú tírale, que nos la bebemos en nada.
La hierba está toda mojada.
Y qué más da. Échate unos vasos. Y a mojarse el culo.
¿Los libaneses estos querrán un buchito de alcohol?
Esto le gusta a todo el mundo. Tú echa. Echa. Que se van a poner tibios.
Mira la torre que alta, una bombita y todos nos vamos por bulerías.
El whisky es agua de ratas, illo. Qué cosa más mala.
Oye, ¿Y donde hemos dejado el vino? Estaba ahí. A dos metros. Illo, que no está, que se lo han llevado.
Mira esos, el tío que no sabe andar y la gorda esa.
Eh, vosotros, caretas, que os lleváis nuestro vino. Venid aquí, anda. Listos
Mira los notas, se llevaban ya nuestro vino.
Hola, somos mexicanos, y encontramos la botella tirada en el suelo.
Illo, mírame a los ojos. Tú no sabes a quién le has robado. Tú has venido a robarle a los más gitanos de aquí.
   
Memoria histórica: Jueves, Cinco de la mañana. Sexto piso Rue Cimarosa

A mí lo que me raya es estar así, subir las escaleras todos los días y sentir que el día no me podía haber dado nada mejor.
Illo, no te pongas así. Esto es una experiencia más. Saca los lados positivos de la ciudad.
Te aseguro que cuesta sacar esos lados cuando una cerveza muerde tu cartera con seis eurazos. Cuando pasas media vida en el metro. Cuando son las siete de la tarde y ya estás abriendo la puerta de tu casa.
Sí, eso es verdad. Todos sentimos esa nostalgia del Sur. Los que sabemos lo que es la tierra no podemos vivir sin ella.
Faltan las perspectivas. Los amigos están casi todos lejos. Son las perspectivas.
Yo me pude quedar en Inglaterra. A veces me pregunto si fue una buena decisión la de volver a Granada.
Lo que daría por volver, ahora mismo, a estas horas de la madrugada. Una cervecita en Derecho.
Tú vive tu momento. Siempre se acaba volviendo.
¿Y cómo hiciste para curarte, para volver sin sentirte derrotado? Sin esa sensación de que volver es un paso atrás, que no es lo que querías durante más de siete años…
La derrota está siempre ahí, hermano, pero fue el primer viernes…
Cómo cambian los viernes por aquí…
No, fue un sábado. Sí. Volvía de la Vogue, a las siete de la mañana, y venía solo, comiéndome un Shawarma.
Aquí no saben hacerlos. Cómo extraños los del Tomato.
Illo, en ese momento sabía que volvía derrotado, pero me dije…
¿Qué?
Qué de puta madre me lo pasado esta noche.
¿Y?
Y se me pasaron las tonterías.


La guerra fría: Sábado, cuatro de la mañana, Pont Alexandre III, frente a la estatua de Simón Bolívar.

Illa, ¿Tú conoces a Rancapino?
És que em odies per ser valenciana.
Mírala, que no. Que por mí como si eres de Arabia Saudí. Que me da igual de donde seas. Que no va por ahí la cosa.
En realidad si hablo catalán no me entiendes nada. No me entendéis ninguno. Es mi lengua. Sou uns gilipolles.
Y otra vez la niña. Q  ue me da igual de donde seas. Como si te quieres tirar por lo alto del Tajo.
Valencia debe ser independiente.
Viva Camps.
Els països catalans. Ese es nuestro país.
Niña, déjate de tonterías ya. ¿Tú conoces a Rancapino?
Nos tenéis rabia. Nos tenéis envidia.
Niña, bonita, flor. ¿Cuáles son tus apellidos?
(Ese profundo silencio de la noche parisina)… En realidad la mitad de mis abuelos vienen de Andalucía. Pero yo me avergüenzo de eso. Es una cuestión de machismo. Si hubiera heredado el apellido de mis abuelas tendría todos los apellidos catalanes.
¿Te avergüenzas de tus antepasados? Qué tristeza de niña.
Es que nos odiáis por ser catalanes. Y nos robáis.
Viva Camps.
Ese era español, no valenciano.
¿Pero tú conoces a Rancapino? ¿A Rancapino chico?
Es que coaccionas mi libertad de expresión y nos maltratáis por ser catalanas. Por ser valencianas. Es que Valencia debe ser independiente.
Mira niña, si te pones a echar cuentas lo mismo la Duquesa de Alba es la reina de Valencia, con todos los títulos que tiene.
Una mierda. Espanya ens roba.
Rancapino chico, niña, para que veas las verónicas que te estoy haciendo esta noche.


Los saeteros: Viernes, dos de la tarde, cualquier punto de la orilla izquierda del Sena.

Quillo, ¿Tú conoces esa que dice que con la luz del cigarrillo, yo vi el molino, se me apagó el cigarro, perdí el camino?
Y te quedas más chulo que un gitano.
Perdí el camino, niña. Perdí el camino. Ay,  que con la luz del cigarro, yo vi el molino.
¿Y esto es por Bulerías, no?
Qué dices illo, esto va por Alegrías.
Estamos empezando en esto del flamenco…
Para esto se nace. Y yo soy serrano. De la Serranía. De Ronda, la Monumental.
Tú eres casi gitano.
El flamenco es algo más que música. Es entender la vida de otra forma. Es algo que cuando te atrapa ya no te suelta. Es algo distinto a lo que han dicho los miles de ensayos sobre el flamenco.
¿Pero tú le das al cante?
¿Pero qué dices tú? Yo soy más de escuchar. Y a veces las palmas, que no conviene meterse uno si no puede.
Palmero malagueño.
Palmero rondeño, no te confundas.
Y luego viene Camarón.
Y el Paco, el de la Lucía
¿Y…?
Y el Torta, y el Rancapino, y sus hijos, y el Mercé cuando no le da por ser moderno.
Y no olvidemos a Morente.
Ese sí. Escucharlo es como volver a Granada, quillo.
Es como si nunca nos hubiéramos ido…

Y aquella noche…: Habitación 315, Colegio Mayor Cardenal Cisneros, Granada  Junio de 2008.

A Colonia iremos a verte.
Ya ves tú. Colonia, ahora a ponerme con el alemán.
Eso lo dominas en tres días. Vas a llevarte el arte para arriba.
Yo le voy a decir a las chavalas que soy banderillero. Banderillero de los chulos, con traje y todo.
Cuando vayamos te llevamos una vaquilla de aquí.
¿Y vosotros para cuándo lo salir de aquí.?
A mí me queda un poco. El año que viene a probar si me dan lo de Roma.
Yo aún no sé nada.
El caso es salir, quillos. Salir de aquí. Conocer mundo, que ya habrá tiempo de volver.
Lo importante es no olvidarse nunca de este año.
Eso, no olvidar nunca esta habitación.
Esta conversación.
Da igual si en Colonia, en Roma, en París o en las playas de Huelva.
Quién sabe si Inglaterra…
Pero llevarse siempre la memoria allá donde uno vaya.
La memoria.
Y no olvidarnos nunca, que sois muy grandes.
Y dejarse algo en la maleta para el recuerdo, aunque sea muy de vez en cuando.
Y ahora el verano.
Sí, pero acordarse siempre, que este año ha sido muy grande.
Ha sido más que un año.
Han sido muchos años juntos.  



miércoles, 16 de octubre de 2013

XVI Escalón: La hoguera de las vanidades

Juro que no sabía su nombre más que por esa expresión de animal herido que desaparece entre los árboles del bosque. Así se fue colando sigilosa, intentando que sus pasos no pesaran en el parquet, casi de puntillas, los tobillos como gotas de agua, casi resbalándose, patinando, entre el quicio de la puerta y la primera estantería que encontró  a su lado.
Apareció de costado. La mirada hacia abajo, en un ángulo de humildad que no le dejaba divisar a la persona que tenía enfrente. Yo estaba en la sección de poesía latinoamericana, entre Huidobro y Lezama Lima, viendo los cocoteros cubanos al caer la tarde y las últimas estribaciones de los Andes, ya moribundos y pecosos. Y se apareció ante mí.
Llevaba un vestido de asistenta del hogar, ese eufemismo empleado en las televisiones para hablar en realidad de las limpiadoras de casas ajenas. Los colores que predominaban en su indumentaria eran el gris blanquecino y el azul intenso. Borrasca y mar, pensé con ironía. Era una de tantas españolas que fregaba suelos por dos duros.
Quizá no se percató de que yo estaba ahí parado, a dos metros, en la frontera con la sección de la novela española del siglo XX, y mirando de frente el rostro acaudalado de Octavio Paz, de tamaño “estatua romana”, pero yo (mis veintitrés años de existencia enteros y algunos meses más de prueba) estaba observando a esa pequeña mujer que escalaba con los ojos autores y autores, como kilómetros de nombres y apellidos, y en cada uno había un brillo, un descubrimiento, una vida nunca vivida en Buenos Aires, un tranvía que pasaba sin gente en Caracas, una barca sucia en los extremos de Miraflores.
Se arrodilló con gran dificultad, torciendo el gesto y concentrando sus pequeños ojos en un título concreto que se le resistía. Sacó del bolso unas gafas de los años ochenta y se las puso, limpiando con la manga los cristales de culo de vaso de Whisky. Yo me acerqué a ella como si estuviera distraído, intentando que los autores que buscaba coincidieran con los míos. Su destino estaba entre la E, la F y la G. Edwars, Echenique, Fabbiani-Ruiz, Fernández de Lizardi, Fuentes, García Márquez, y el mío se alejaba hacía los fríos de la V, Vallejo, Valle y Cabiedes, Vallejo.


Fue en esa intersección de letras, justo en la G, cuando mi brazo, alzado y rozando libro con libro, fue a parar sin querer en su mano, que se pegaba a las pastas viejas de los ejemplares como si una fuerza magnética de la selva la atrajera. Allí pude ver su rostro. Una mujer de sesenta años que llevaba con dignidad el paso de la edad. Todos acabaremos en esas superficies, pensé en aquel instante, pero eran sesenta años muy bien llevados, con las arrugas justas que le entreveían una cara de adolescente dulce.    
Apenas me mantenía la mirada, y eso hacía que me sintiera en la obligación de hablarle. Cómo hacerle ver que hoy en día, esos uniformes los lleva todo el mundo, que París, en realidad, siempre ha sido un refugio de españoles, esos vecinos pobres del sur que cuidaban niños, cocinaban para burgueses refinados, limpiaban oficinas atestadas de documentos finísimos, y enseñaban a algunas francesitas aventureras lo que era el amor carnal con un verdadero perseguido de izquierdas.
Pero ella habló primero, y su voz sonó como una justificación. - Busco a Skamentra,-  y mientras agarraba otro libro que estaba por dejar, de Allende, de no sé qué autor perdido y que nunca leeré. Y cómo decirle a aquella noble señora, a la que hubiera abrazado sin remedio, que nunca había leído nada de él, y que jamás lo haría, porque para mí el tiempo de lectura es sagrado, y no me la juego leyendo autores marcados con la cruz de la superficialidad, porque soy un arrogante literario, y es muy difícil sacarme de mis casillas. Uno tiene el defecto de juzgar muchas obras antes de leerlas, pero la vida es breve, y el tiempo de lectura más aún.
Los ojos de la señora se afanaban por encontrar a su autor. Se recorrió las estanterías de la E varias veces, y yo, con timidez, con vergüenza quizá, le toqué el hombro, la miré de frente, y le indiqué que Skármenta se escribía con S al inicio, con una S de Sencillez, de Silencio, de Sulfuro, y no con E. Vi como su rostro se volvió rojo. Fue entonces cuando le cogí la mano y la acompañé hacia la estantería de los autores que empezaban por S y le di algunos títulos del autor. Le dije que los había leído todos, y que era de mis autores favoritos. - Skármenta, claro, empecé en el instituto, allá en España, y desde aquel mismo día que leí no sé qué libro sobre un viejo y no sé qué novelas de amor, no había podido dejar de seguir todos los libros publicados.
Ella  dio las gracias y se fue con una sonrisa que le quitaba más años todavía. Me dio miró por última vez antes de bajar las escaleras y escuché una tímida risa al compás de los escalones que se desfilaban. Vi el rostro pétreo de Cervantes en una esquina de la sala, solo, como si esperara que le ofreciera un cigarrillo o apagara las luces de la sala.

Cuando bajé a la recepción de la Biblioteca, mostré mi libro de Fernando Vallejo, La virgen de los sicarios, (Colombia pura y dura),  y desde la ventana observé como la mujer atravesaba la calle, en dirección a la embajada de España, con el libro bajo el brazo. Esa mujer mantenía limpia la diplomacia española, pensé, y abandoné la Biblioteca con una sensación hondísima de melancolía. Las aguas nunca salen de su cauce. Salvo cuando no llueve. 

martes, 11 de junio de 2013

XV Escalón



Me gustaba imaginarme en esa carretera, subiendo una montaña pegados al mar, mientras el coche iba pegándose al asfalto para no salirse de las curvas. Los acantilados a la derecha, como bocas que el vacío iba dejando a nuestro lado, llenas de dientes que eran piedras, y saliva que era agua.
Esa fue la primera noticia que tuve de él, tres años después de conocer ya a Marcos, en el hueco de la puerta de la clase de francés de Madame Gill (olvidé el nombre y solo recuerdo una cacofonía que me sale de la voz). Marcos era un tipo peculiar. El primer día, parado en el final de los escalones, con la puerta cerrado, no podía mirar más que las losas del suelo y la punta de mis zapatos. Llevaba una camiseta morada con la efigie de un luchador mexicano. Luego supe que ese luchador melancólico ganaba todas las batallas en el rin, y que más de una noche nos habían acompañado tomando mezcal, en un rincón, en silencio.  


Pronto su conversación se hizo más habitual. Con su rostro llegaron otros más exóticos: la barba de revolucionario de Rodrigo, la piel de angel y el gesto detenido de Laura, la chica alemana, el lunar en medio de la cara de Matilde, los ojos de la chica turca, atravesando la puerta, llegando tarde a la tercera clase… todos nosotros extranjeros en una sociedad elitista y que imponía su propio lenguaje, diferente a las normas acostumbradas de nuestros orígenes.
Por eso empezó a aparecer también en esa visión espumosa, en la costa sudafricana, más o menos en el límite del fin del mundo, mirando fijamente hacia el sur, que quién sabe si es el norte del otro hemisferio, para ver si afinábamos un poco y veíamos la Antártida. Marcos conduciendo, con unas gafas de sol que nunca le había visto, con una espina de trigo en la boca, pasando de un lado a otro de los labios, y algo de música parando la tarde en cada cierre de la carretera.
Quedamos a las seis y media. Yo venía de hacer unos exámenes de traducción en los cuales había puesto toda mi imaginación al servicio de la lengua francesa. Él me estaba esperando en el 12 de la Rue Monge, con dos entradas en la mano. Todo fueron preguntas, dudas, acertijos. ¿Quién sería aquel tipo al que estábamos a punto de escuchar? ¿Qué rostro tendría la vejez, el fracaso, la oscuridad, el anonimato de cuarenta años? Agarramos el metro y nos dirigimos hacia el Parc de la Villete, con algo de retraso. No habíamos bebido nada de  cerveza antes. Sería un concierto atípico. Su nombre nos sonaba como el humo cuando se desvanece entre las manos, tras salir lento de la boca. Sixto Rodriguez, el sexto hijo de un inmigrante mexicano nacido en Detroit. 


En el metro nos íbamos acordando de ciertas escenas que la vida nos había impuesto a los dos. El primer año en la Normale, en la fiesta de inicio de curso, cuando nos sentamos en la oscuridad del patio interior, mientras escuchábamos caer champan en la fuente, flotando los peces muertos, y el mundo nos parecía un gran salón de acentos raros. Y aquella vez que el vino no me dejaba apenas caminar, y compartimos una cama de medio cuerpo entre dos cuerpos. Esa mañana me desperté con la camiseta de los Pumas, y Marcos me miraba como si fuera un mexicano postizo. También recordamos a aquella tipa del sur, que en un acto de locura y pasión me plantó un beso delante de media colonia mexicana, el día de la independencia, un 15 de Septiembre.
Pasaban los días por delante de nosotros a la misma velocidad que las paradas del metro se escapaban del itinerario. Yo le hablé de su forma genuina de bailar, ya fuera salsa, cumbia, o hasta flamenco, como demostró en una fiesta de finales de verano en el Albayzin. Él me recordó aquella muchacha infame de ojos selváticos, que me obligó a arrastrarme por media ciudad en busca de algo que nunca iba a encontrar. Al final, los cuerpos mediterráneos y medio arabizados no entraban dentro de su ideal masculino. Ella prefería más las esculturas de piedra, sin rastros de vello por ninguna parte. Yo era un mapa de cicatrices para ella.
Llegamos puntuales a las puertas del auditorio. Aquel viejo perdido había nacido en Detroit y allá por los sesenta había grabado dos discos, algunos conciertos en bares de mala muerte, cuyo único público eran  las putas y los marineros del rio, y el fracaso sonoro del silencio más absoluto. No lo conocían ni en su barrio. Supimos luego que se había presentado varias veces a alcalde de su distrito, y que en todas ellas había resultado derrotado. Perder formaba parte de su vocabulario más elemental. Derrota sobre derrota, así se construyen las leyendas, pensé, mientras le daba la entrada al portero.  
 Apareció con media hora de retraso. Pensábamos que se había muerto. En los años setenta y ochenta corrieron todo tipo de rumores acerca de su vida: unos hablaban que se había inmolado en pleno escenario, un tiro en la cara y su sangre pasto del público entregado; otros afirmaban que se había prendido fuego. Nadie había visto nunca a Sixto Rodriguez, hasta que salió ese documental de producción sueca, donde esclarecía su vida.


Medía dos metros. Llevaba sus gafas de sol habituales, las mismas que aparecían en las fotografías donde el Big Ben de Londres se aclaraba a lo lejos. A su lado, cogido del brazo, le acompañaba una mujer rubia, cincuentona, que le acariciaba la palma de las manos. Un hombre en el otro lado le ayudaba a plantar el pie en el escenario y no caerse. Aquel hombre, que en algún tiempo remoto fue Sixto Rodriguez, ahora era un cadáver que andaba. Supimos muy pronto, por la forma de no tocar la guitarra, que se había quedado ciego. La voz a penas le salía del cuerpo, y le costaba trabajo sacar de su garganta la voz, grave y directa, como la de sus dos discos de los sesenta.
Pero no podía dejar de expresar una sonrisa en sus labios de persona desaparecida. Tocó Crucify Your Mind, y a mí me pareció estar en Johannesburgo, en aquel macro concierto que dio, entre las sombras, y que fue el símbolo contra el Apartheid. Su actuación duró hora y media. No hubo rencor en sus ojos ni en su voz, por tantos años de olvido. Se despidió con Like a Rolling Stone, de Bob Dylan, su alter ego triunfador, y desapareció de los brazos de varias personas, sin poder apenas caminar, habiendo vencido de nuevo a la muerte y a su leyenda.
Los focos se fueron apagando. Marcos y yo salimos con la certeza de haber llegado tarde a no sé qué parada, a no se sabe bien qué cita. Nos fuimos a cenar a la crepería argentina con la sensación de haberle robado la vida a alguien, sin mirarnos, como en una carretera en la que nunca íbamos a estar.  



  

miércoles, 5 de junio de 2013

XIV Escalón



Llegué cuando la sala ya estaba repleta. El tipo de seguridad se guardaba de la lluvia debajo del vacío que había dejado una columna. Me dijo que la sala estaba completa, pero yo insistí en pasar y él me dejó, con un gesto cansado. Atravesé el patio bajo una intensa lluvia. Eché una mirada rápida. El patio estaba vacío, sometido a una capa de agua de color ceniza que le daba un aire de los años cuarenta. Recordé aquellas manifestaciones en torno a una fugaz mitología estudiantil, que vino con el mes de Mayo de 1968. Todos contra de Gaulle y el mundo contra nosotros. Delante de esas ventanas, pensé cuando estaba a punto de abandonar el patio, Daniel Cohn-Bendit se hacía pasar por un estudiante español en el exilio y  enmarcó la tarde en un discurso histórico.
Llegué a la sala Descartes. La puerta estaba cerrada: dos laminas gigantescas de madera me separaban de un lugar que conocía de tantos y tantos libros leídos a la sombra de un sueño; vivir en Paris, estudiar en la Sorbona, hacer mías las horas de tedio de otros tantos estudiantes mucho antes que yo: Baudelaire, Dante, Malraux. Y allí estaba, a unos centímetros de abrir la puerta y guardar el silencio autónomo del estudiante primerizo.


Como esperaba, la sala estaba repleta. Subí unos escalones y desde lo más alto pude divisar todo el panorama de la literatura contemporánea. Pocos minutos antes, bebiendo un café en La Reflet, había tenido dudas sobre si acudir o no a la conferencia, y una vez dentro, alejado de la música analgésica de los Rolling y de la mirada traviesa de la camarera, me sentía orgulloso de haber vencido mi vagabundeo y mi alergia por todo lo académico.
El conferenciante hablaba en francés, con un sonado acento latino. Llevaba un riguroso traje negro y una corbata cuyo color ya he olvidado. Movía las manos con energía, y apenas tenía unas notas de ayuda para acelerar su discurso. El anfiteatro estaba abarrotado. Había cámaras de televisión, secuencias de radio, estudiantes por los suelos, profesores sentados encima de las mesas, y en lo alto de la sala dibujos que recordaban el barroco francés.
Fue entonces, de pie, tocando mi espalda la pared, como el último eslabón de una cadena de literatos, recibiendo los ecos que alguna vez eran palabras, cuando volví a recobrar el sentido que me había traído hasta la ciudad, el verdadero significado de estos nueves meses de frio, lluvia, y lecturas no siempre tan complacientes. Volví a descubrir que Paris era como un libro abierto, y que cada vez que se retomaba, siempre aparecía con una nueva figura, con un tono renovado o una palabra que se encuentra, perdida, en el camino. Paris había vuelto a ser la ciudad por la que había luchado y por la que había sacrificado la mayor parte de mis comodidades en España. Y en ese momento, con la voz pausada y débil del conferenciante, subiendo hacia las silabas como un alpinista nervioso, descubría que había merecido la pena, y que estar parado, de pie, escuchando simplemente, era suficiente para borrar de un plumazo tantos momentos de soledad.
Porque aquel hombre que nos hablaba era Vargas Llosa. Y Vargas Llosa no es solamente un señor que hizo dos obras fundamentales allá por los años sesenta.  Era mucho más. Uno de los últimos vestigios del boom latinoamericano (del pastel formado por cuatro, la mitad, Cortázar y Fuentes, residen perpetuamente en el cementerio de Montparnasse, y la última parte, Márquez, vive en un mundo llamado Alzheimer que lucha cada día por destruir Macondo)


Y nos habló como si nunca hubiera dejado la ciudad. Llegó en 1960, y en sus propias palabras, “aprendí a ser latinoamericano”. En efecto, Paris es la gran ciudad de los vacíos. La urbe de los solitarios en donde las personas caminan perdidas y se encuentran por azar abocados a un destino que muchos no eligen. París es la ciudad que me enseñó a saber la importancia de la identidad: que mi patria es la lengua con la que hablo, con la que leo, con la que hago amigos y en la que pienso. Y no hay más señas de identidad que el verbo ser al lado de una cerveza, viniendo de Salamanca, de Sevilla, del D.F o de Bogotá.
Luego nos habló de la literatura y del papel que tenía en la sociedad. Citó  a Sartre, y su crítica Qu’es-ce que la littérature?, libro que le marcó en su forma de escribir. Porque la literatura no puede ser un mero ejercicio de entretenimiento y de belleza. La literatura es un instrumento de progreso social y se debe exigir algo más que una acumulación de páginas revestidas de maquillaje.
Después relató el panorama cultural que se respiraba en la París de los años sesenta: la disputa entre Camus y Sartre, agitada en los periódicos franceses y discutida en los cafés de Saint-Germain. Camus, que para mí era el verano, el Mediterráneo, la tolerancia, y también los años de instituto, cuando uno empezó a comprender la importancia de los libros, armas contra la soledad. 


Porque  aquella década Paris fue mucho más que una ciudad. Fue una tabla de salvación para muchos latinoamericanos y españoles expulsados de sus países. Los años en los que Cuba aún era posible, en la que Europa se recuperaba de sus heridas de la guerra. Pero también fueron los años de los tanques sepultando la República Checa, los niños desnudos huyendo de los campos de Vietnam, y de la complicidad occidental con los regímenes como los de Franco o Pinochet.
Aun me quedé en la sala cuando ya estaba vacía. Me había sentado en una banqueta, mientras los estudiantes y los profesores abandonaban la salle Descartes. Afuera seguía lloviendo con rabia, y desde la ventana se veía el patio como una procesión de paraguas negros. Me vino, mientras salía, esa nostalgia de animal triste  de una época en la que ni siquiera hubiera tenido dinero para salir de España. Al menos, existen las librerías, pensé, y cerré la puerta de la sala.     

martes, 28 de mayo de 2013

XIII Escalón



Me hizo recordar aquella escena, allá en la Edad Media, en la que los cruzados atravesaban los campos y las fronteras con los estandartes bien altos, apoyados en un hombro, y la tela se espolvoreaba en el aire, mientras la forma hacia que un león rugiera, o que un dragón escupiera fuego por la boca. Toda aquella gente iba uniformada: camisetas amarillas con lemas políticos, calle abajo, haciendo un rumor de pasos de batalla que nos inquietaba. Ya no se oían ni las bocinas de los coches, que tomaban la rotonda de Victor Hugo con sumo cuidado, como si fueran a encontrarse carros de combate al torcer la esquina.
Aquello no era un domingo cualquiera. Seba y yo nos habíamos despertado tarde y cumplíamos los trámites propios de una mañana en un barrio parisino donde todo estaba cerrado: paseábamos sin rumbo hasta que las calles eligieran nuestro destino, observábamos el cielo que se ponía turbio (esa amenaza de nubarrones primaverales), contábamos el número exacto de chicas a las que invitaríamos a cenar, simples rostros anónimos que paseaban por la calle, de la mano de un maromo o sujetando a un caniche.
Hasta que nos sentamos en un banco, enfrente de un restaurante de lujo, como si fuéramos polizones de un barco donde toda la tripulación vestía de seda, y nosotros, con un saco de patatas tapándonos las partes nobles. Y fue cuando vimos aquellas grandes masas de gente con banderas, de todos los departamentos de Francia: dragones, grifos, espadachines, ángeles voladores con cabellos negros,  flores de loto, espadas retorcidas. Y la gente cantaba una canción que a mí me sonaba a misa, y a Seba le sonaba a rancio. Dos chicas, vestidas al estilo indignado vaticano, asesoraban a la gente dónde comenzaba la manifestación que estaba a punto de producirse por aquella zona.

Nosotros hasta el momento pensábamos que se trataba de un desfile militar, o a lo sumo, de un partido de futbol medievalizado. Pero una de las chicas se acercó hasta nosotros y nos comentó que se trataba de una manifestación contra el matrimonio homosexual. Seba y yo esbozamos una sonrisa, poniendo freno a un gran derroche de pasión burlesca de nuestra parte. La chica se recogía el pelo hacia atrás e intentaba explicarnos, de forma muy apasionada, las consecuencias funestas que tendría sobre la población la legalización del matrimonio entre personas del mismo sexo. De la adopción ya no nos quiso ni hablar, y se tapaba los ojos con las manos, y lanzaba un maullido de desesperación, como si fuera un gato acorralado. Se veía que lo estaba pasando mal la pobre.
Nos invitó a ir con ella a la manifestación. Seba y yo, dos extranjeros en Paris, en una ciudad que constantemente nos recordaba nuestra condición de exiliados voluntarios (si la voluntariedad consiste en emigrar para tener algo de futuro digno; movilidad exterior, incultos), sin nada abierto para poder comprar una cerveza caliente, tentados por el buen ángel de la guarda a protestar contra esa forma de amar satánica e incoherente. Nos miramos y no supimos que decirle a la pobre misionera de almas perdidas. Ella nos preguntó qué de donde éramos, y adivinó al poco, el águila, que veníamos de España, ese país ultra católico donde los santos toman las calles todos los fines de semana. La chica se sintió en un terreno amigo, pero vio en nuestros ojos algo maligno.
En efecto, empecé diciendo yo, en España el matrimonio homosexual es legal desde el 3 de Julio de 2005, y la adopción también, y de momento, no ha habido ningún caso de niños con bicefalia, trastornos del sueño a causa de abusos sexuales, caída del cabello a causa de un cáncer provocado por el hecho de tener dos padres, o dos madres. Y tampoco hay, continué diciendo, una escisión del estado, ni las cornetas del apocalipsis se han pronunciado, ni la tierra se ha rajado en cuatro partes, ni nos han invadido ejércitos tenebrosos, ni a ningún español le ha salido cuernos en la frente por el hecho de legalizar este tipo de unión.  


La chica empalideció. Ahora sí que parecía un auténtico ángel bajado directamente desde el lugar más elevado del cielo. Se echó hacia atrás, convulsa aún por mis palabras. Miró hacia alguna parte, buscando una mirada cómplice, algún otro cruzado que le ayudara en esta afrenta de infieles. Antes de que escapara, le hablé en cambio de los otros pecados que debía soportar España. Le conté con calma, con una sonrisa que se escapaba entre mis dientes, de un mausoleo muy bonito, perdido en medio de la sierra madrileña, donde estaba enterrado un señor muy bajo. Ella pareció no entender, pero le dije que en mi país, los dictadores están enterrados en iglesias, bajo un cristo crucificados y flores siempre frescas que huelen a incienso recién puesto. Le hablé de que la Iglesia Católica en España nunca se había manifestado contra temas de primer orden, como la pobreza, el abuso a menores, la violencia de género, que ellos consideran violencia doméstica, el abuso que se lleva a cabo contra los trabajadores, el paro juvenil, las diferentes guerras en las que ha estado envuelto el estado en los últimos diez años. La miré directamente a los ojos y le dije que yo había visto todo eso. Yo, le dije, que he visto como se reconstruía antes una iglesia que dar dinero a los afectados por un terremoto, que no tenían donde caerse muertos, yo, que había visto como atentaban contra la educación pública y nos imponían la religión católica al mismo nivel que la lengua o las matemáticas, enmascarándola en ciertas asignaturas llamadas Valores. Yo, que he visto beatificar a miles de curas asesinados durante la guerra civil pero sin embargo, hay centeneras de miles de maestros, funcionarios, campesinos, políticos, enterrados en fosas comunes vaya usted a saber dónde. Yo he visto todo eso, preciosidad, le dije, mientras ella me miraba aterrorizada, pensando que era el anticristo convertido en un español con resaca.


Seba y yo nos levantamos y nos fuimos. La calle estaba llena de familias, niños pequeños que jugaban con sus banderitas. Padres de familia responsables, madres educadas con peinados de moda. Sacerdotes por todas partes, que sonreían y daban consejos sobre la marcha. Un domingo en su máxima expresión, pensamos Seba y yo. Reflexionamos que era curioso que la manifestación se produjera en el barrio más caro de París, donde las rentas eran más altas, donde un simple café se pagaba a cinco euros. Intentamos imaginarnos la misma manifestación en Belleville, o en Barbes, y no nos salía una imagen real en la cabeza. Aquella gente de los arrabales de París tenía otras preocupaciones: el paro, la pobreza, la droga, el racismo, la pobre educación que recibían sus hijos. Tal vez será cosas de ricos, esto de cumplir con el alma, de familias aburridas y sacerdotes tediosos que hartos de ver los cuadros de la pared y las telarañas en su vida, salen a la calle a agitar un poco sus tristezas y sus miedos.